Industria tecnológica dividida: los líderes cortejan a Trump mientras los empleados protestan contra las acciones federales

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El mundo de la tecnología está experimentando una marcada división interna, con altos ejecutivos interactuando con la administración Trump mientras muchos empleados condenan abiertamente las tácticas federales de aplicación de la ley. Este contraste fue particularmente evidente este fin de semana cuando líderes de Amazon, Apple y AMD asistieron a una proyección privada de un documental sobre Melania Trump en Washington, D.C. Mientras tanto, en Silicon Valley, la indignación creció tras la muerte a tiros de Alex Pretti, una enfermera de cuidados intensivos de 37 años, por parte de agentes de inmigración en Minneapolis.

Creciente insatisfacción de los empleados

El tiroteo provocó una reacción inmediata dentro de la comunidad tecnológica. Jeff Dean, científico jefe de Google, calificó el incidente de “absolutamente vergonzoso” en una publicación en las redes sociales y enfatizó que la condena debe trascender la afiliación política. Este sentimiento rápidamente se convirtió en una protesta formal: una carta abierta llamada ICEout.tech, que obtuvo más de 500 firmas de ingenieros, capitalistas de riesgo y otros trabajadores tecnológicos. La carta exige que las empresas de tecnología rompan sus vínculos con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), incluidas cancelaciones de contratos y denuncias públicas de extralimitaciones federales.

Este nivel de activismo de los empleados se hace eco de una ola anterior de resistencia en 2017, cuando los trabajadores del sector tecnológico se organizaron activamente contra las políticas de la administración Trump. Sin embargo, la situación actual se complica por un cambio en la estrategia corporativa.

De la resistencia al pragmatismo

En los últimos años, varios líderes tecnológicos de alto perfil, incluidos Elon Musk, Marc Andreessen, Tim Cook, Mark Zuckerberg y Jensen Huang, han cortejado activamente a políticos conservadores, buscando condiciones comerciales favorables. Algunas empresas incluso suprimieron la expresión política de los empleados, e incluso despidieron a quienes violaban las políticas internas. Este giro hacia la colaboración se ejemplifica en empresas de tecnología de defensa como Palantir y Anduril, que han conseguido lucrativos contratos gubernamentales.

La tensión entre el pragmatismo ejecutivo y el activismo de los empleados pone de relieve una división fundamental en la industria tecnológica. Si bien los líderes priorizan los intereses comerciales, muchos trabajadores siguen comprometidos con los principios éticos y políticos. Esta fricción plantea interrogantes sobre el papel de la industria en la configuración de las políticas públicas y hasta qué punto las empresas darán cabida a las voces disidentes dentro de sus filas.

La división subraya que Silicon Valley ya no es una entidad monolítica, sino un campo de batalla entre los intereses corporativos y los valores de su fuerza laboral.

La evolución de la industria desde una oposición vocal a un compromiso estratégico con la administración Trump refleja un cambio calculado hacia la influencia política en lugar de un desafío abierto. Este cambio puede garantizar ganancias a corto plazo, pero corre el riesgo de alienar a una parte importante de su reserva de talentos.